miércoles, 31 de agosto de 2016

Provincias y estabilidad

   Los dos principales argumentos para mantener el sistema electoral que padecemos en España son que contribuye a la estabilidad y que permite que estén representadas todas las provincias. Con el primero no hay que detenerse mucho. Si lo importante es la estabilidad, ¿para qué se convocan elecciones? ¿No habría mucha más estabilidad con un régimen de partido único?
   Más hay que detenerse en el segundo. Se representa a todas las provincias, cierto, pero, ¿les sirve eso de algo? Si comparamos las diez provincias españolas más pobres hace cuarenta años y las diez provincias españolas más pobres ahora no creo que haya muchas diferencias. Sí, esas provincias en las que un escaño cuesta unos pocos miles de votos, pero sólo el PP -y ocasionalmente el PSOE- obtiene representación.  Incluso, si fuéramos malas personas, pensaríamos que conviene que esas provincias sigan despobladas y envejecidas para que así sigan siendo conservadoras.
  Se representa, sí, a todas las provincias, pero no a todos los sectores de cada provincia, y ése debe ser el objetivo de una política progresista. Criticamos a los nacionalistas porque reivindican el derecho de autodeterminación para los territorios pero se lo niegan a las personas, y resulta que nuestro sistema electoral hace lo mismo. Cierto que los sectores no representados son minoritarios, pero la democracia debe atender a las minorías, si no, es la dictadura del número que decía Baroja, o la superstición basada en el abuso de la estadística, de Borges. Y si sumamos minorías, nos encontramos con que muchos pocos hacen un mucho, que la gente ninguneada por este sistema puede ser más numerosa de lo que pensábamos. Estamos en una situación similar a la de la Francia postrevolucionaria, cuando sólo los ricos tenían derecho al voto.